Video Capítulo 21

Video Capítulo 21

 

Apache rica fingió ser pobre para hallar esposo… Solo el vaquero rechazado la amó.

Naya había crecido rodeada de lujos, mantas tejidas con los hilos más finos, collares de turquesa que resplandecían como el cielo y vestidos adornados con cuentas que tintineaban con cada paso. Pero había algo que ni toda la riqueza de su padre podía comprar, un amor verdadero. Cada luna llena, hombres de distintas tribus llegaban al campamento.

Guerreros valientes, comerciantes prósperos, cazadores hábiles. Todos venían con regalos costosos y palabras dulces, pero Naya veía la verdad en sus ojos. No la miraban a ella. Miraban las joyas que adornaban su cuello, las pieles finas que cubrían las paredes de su tienda, las manadas de caballos que pastaban en las colinas cercanas.

Una noche, bajo un manto de estrellas que parecían diamantes esparcidos en terciopelo negro, Naya se sentó junto a su padre frente a la fogata. Padre, estoy cansada”, dijo con voz suave pero firme. “Cansada, hija mía, pero si apenas has vivido 20 primaveras”, respondió Tacoda sin apartar la mirada del fuego danzante.

“Cansada de ver hombres que solo ven lo que tengo, no lo que soy. Cansada de sonrisas falsas y promesas vacías.” El jefe guardó silencio. Conocía bien el corazón de su hija. Era pura como el agua del manantial, noble como el águila que surca los cielos. ¿Qué deseas hacer? Preguntó finalmente. Naya respiró hondo.

Las llamas del fuego se reflejaban en sus ojos oscuros, llenos de determinación. Quiero encontrar el amor verdadero, pero no como la hija del jefe. Quiero que alguien me ame por quien soy, no por lo que poseo. ¿Y cómo piensas lograr eso? Una sonrisa misteriosa apareció en el rostro de Naya. Iré al pueblo más cercano.

Me vestiré con ropas sencillas. Viviré como vive la gente común y así sabré quién tiene un corazón genuino. Tacoda observó a su hija con una mezcla de orgullo y preocupación. Era arriesgado, pero entendía su anhelo. Es peligroso, Naya. El mundo puede ser cruel con quienes parecen no tener nada. Lo sé, padre, pero prefiero enfrentar la crueldad con la verdad que vivir en comodidad con mentiras.

Amigos, no olviden suscribirse al canal. Nos encanta saber desde qué país nos están viendo. Dejen su comentario. Eso nos hace muy felices y nos motiva a traerles más historias. Ahora continuemos. Tres días después, mientras el amanecer pintaba el horizonte de naranja y púrpura, Naya se despidió de su tribu. Llevaba puesto un vestido de tela burda desgastado por el tiempo.

Sus pies calzaban sandalias simples, muy diferentes a las botas decoradas que solía usar. Su cabello, usualmente adornado con plumas y cuentas preciosas, ahora caía suelto y sin adorno sobre sus hombros. Su madre, con lágrimas en los ojos, le entregó una pequeña bolsa de cuero. Aquí hay algo de comida para el camino.

Regresa cuando encuentres lo que buscas o cuando tu corazón te llame de vuelta a casa. Naya abrazó a su madre con fuerza, memorizando su aroma, su calidez. Volveré, madre, te lo prometo. El camino hacia el pueblo de Río Seco fue largo y polvoriento. Naya caminó durante horas bajo el sol implacable.

Sus pies, acostumbrados a las suaves pieles que cubrían el suelo de su tienda, ahora sentían cada piedra, cada espina del camino. Pero no se quejó. Esta era su elección, su prueba. Cuando finalmente divisó las primeras construcciones de Río Seco, el sol ya comenzaba su descenso. El pueblo era pequeño, apenas una docena de edificios de madera desgastada por el viento y el tiempo.

En la calle principal, algunos hombres movían cajas mientras mujeres conversaban en las esquinas. Naya respiró profundo y entró al pueblo con paso decidido, pero humilde. Inmediatamente todas las miradas se posaron sobre ella. No eran miradas de bienvenida, eran miradas de desconfianza, de juicio, de desprecio. “Miren, otra apache vagabunda”, murmuró un hombre con sombrero raído escupiendo al suelo.

“Probablemente viene a pedir limosna”, añadió una mujer de rostro amargo, ajustando su chal con desdén. Naya sintió como las palabras la golpeaban como piedras, pero mantuvo la cabeza en alto. Esto era exactamente lo que necesitaba experimentar. Ahora entendería cómo trataban a quienes no tenían nada. Se dirigió hacia lo que parecía ser una pequeña tienda general.

Al entrar, el dueño, un hombre de bigote espeso y mirada fría, la observó de pies a cabeza. No tenemos nada gratis aquí, dijo bruscamente antes de que Naya pudiera hablar. Si no tienes dinero, mejor vete. Tengo dinero, respondió Naya con calma, mostrando algunas monedas que su madre había incluido en la bolsa.

El hombre gruñó, poco convencido, pero le permitiócomprar un poco de pan duro y algunas provisiones básicas. Mientras salía de la tienda con su pequeña compra, Naya notó que había un espacio vacío al final del pueblo. Un terreno abandonado con algunos escombros y maleza. Sería su hogar temporal. Esa noche, mientras construía un pequeño refugio con ramas y tela vieja que había encontrado, Naya observó las estrellas.

Eran las mismas estrellas que veía desde su lujosa tienda en el campamento Apache, pero de alguna manera se sentían diferentes, más cercanas, más reales. “Aquí comienza mi verdadera búsqueda”, susurró al viento nocturno. “Aquí encontraré si existe el amor verdadero.” Y mientras la luna llena se elevaba en el cielo oscuro, iluminando su humilde refugio con su luz plateada, Naya cerró los ojos sin saber que su vida estaba a punto de cambiar para siempre, sin imaginar que al día siguiente conocería a un hombre que tampoco tenía nada,

excepto un corazón de oro. El sol apenas asomaba cuando Naya despertó en su refugio improvisado. Su cuerpo dolía por haber dormido sobre el suelo duro, tan diferente a las suaves mantas de piel que conocía. Pero no se quejó. Se levantó, sacudió el polvo de su vestido gastado y decidió explorar el pueblo. Río Seco cobraba vida lentamente.

Los comerciantes abrían sus tiendas, las mujeres barrían sus porches y los hombres preparaban sus caballos para el día. Naya caminó por la calle principal, sintiendo las miradas de desaprobación clavarse en su espalda como aguijones. “Deberían echarla del pueblo.” Escuchó que murmuraba una mujer mayor a su vecina.

No necesitamos gente pobre deambulando por aquí, especialmente a Paches sin un centavo, respondió la otra con desprecio. Naya apretó los puños, pero siguió caminando. Había venido a experimentar la verdad y la verdad dolía. Se dirigió hacia el pequeño mercado donde algunos vendedores ofrecían verduras, pan y carne.

Su estómago rugía de hambre. se acercó a un puesto de frutas donde un hombre robusto vendía manzanas. Buenos días, saludó Naya con respeto. ¿Cuánto cuestan las manzanas? El vendedor la miró de arriba a abajo, notando su ropa raída y su apariencia humilde. “Para ti el doble”, dijo con una sonrisa cruel. “Tres monedas por manzana.

Naya sabía que era un precio injusto, pero necesitaba comer. Sacó sus pocas monedas y estaba a punto de pagar cuando una voz profunda sonó detrás de ella. Ese precio es un robo, Martínez. Las manzanas cuestan una moneda, como siempre. Naya se giró y vio a un hombre alto de hombros anchos y rostro curtido por el sol. Llevaba ropa tan gastada como la suya, un sombrero desilachado y botas con agujeros.

Sus ojos, sin embargo, brillaban con una honestidad que Naya reconoció de inmediato. Esto no es asunto tuyo, Cole, gruñó el vendedor. Vete a molestar a otro lado. Es asunto de todos cuando alguien intenta estafar a la gente, respondió Cole con calma, pero firmeza. Dale las manzanas al precio justo o todos en el pueblo sabrán que eres un ladrón.

El vendedor, furioso pero acorralado, arrojó dos manzanas hacia Naya. Toma y lárguense los dos, vagabundos. Cole recogió las manzanas del suelo, las limpió en su camisa y se las entregó a Naya con una sonrisa amable. No dejes que tipos como él te hagan sentir mal”, dijo. “La pobreza no define quién eres.” Naya observó a aquel extraño con curiosidad.

Era la primera persona en Río Seco que le mostraba bondad. “Gracias”, respondió suavemente. “¿Por qué me ayudaste?” Cole se encogió de hombros. Porque sé lo que es que todos te traten como basura solo porque no tienes dinero. He vivido eso toda mi vida. Caminaron juntos alejándose del mercado. Naya mordió una de las manzanas saboreando la dulzura que parecía aún más deliciosa después de la amargura del rechazo.

“Me llamo Naya”, dijo finalmente. Cole, respondió él tocando el ala de su sombrero en un gesto cortés. Bienvenida a Río Seco, aunque no es exactamente un lugar acogedor. Ya me di cuenta. Naya sonrió tristemente. Ayer intenté comprar algunas cosas en la tienda y el dueño casi me echa a patadas. El viejo Gordon. Sí, es un amargado. La mayoría aquí lo son.

Creen que tener un poco más de dinero los hace mejores personas. Llegaron a un árbol solitario a las afueras del pueblo donde había un poco de sombra. Cole se sentó en el suelo y señaló un lugar junto a él. “Tienes donde quedarte”, preguntó con genuina preocupación. “Construí un pequeño refugio con lo que encontré”, admitió Naya.

No es mucho, pero es suficiente. Cole asintió comprendiendo. Él mismo vivía en un cobertizo abandonado detrás del establo. Si necesitas ayuda para reforzarlo, puedo echarte una mano. Las tormentas de arena son terribles por aquí y tu refugio debe ser fuerte. Naya sintió algo cálido expandirse en su pecho.

Ni siquiera conocía a este hombre. Pero él ofrecía ayuda sin esperar nada a cambio. ¿Por qué eres tan amable conmigo? Preguntó directamente.Cole guardó silencio por un momento, mirando el horizonte, porque conozco la soledad. Perdí a mis padres cuando era niño. Crecí solo, trabajando donde podía, durmiendo donde me dejaban. La gente me miraba con lástima o con desprecio, pero nunca con respeto.

Aprendí que la amabilidad es un regalo raro en este mundo y cuando puedo darla, lo hago. Sus palabras tocaron el corazón de Naya. Aquí estaba un hombre que había sufrido, que no tenía nada material, pero que poseía algo mucho más valioso, un alma noble. Eres diferente a todos los que he conocido, dijo Naya suavemente

¿Y tú de dónde vienes? Preguntó Cole con curiosidad. Tu español es perfecto, pero tus rasgos eres apache, ¿verdad? Sí, respondió Naya, eligiendo sus palabras cuidadosamente. Dejé mi hogar buscando algo diferente, algo verdadero. Cole no presionó por más detalles. Respetaba la privacidad de las personas.

Bueno, sea lo que sea que estés buscando, espero que lo encuentres. Y mientras estés aquí, no estarás completamente sola. Yo también soy un solitario, pero dos solitarios juntos hacen buena compañía. Pasaron la tarde conversando bajo ese árbol. Cole contó sobre río seco, sobre las personas que vivían allí, sobre los campos donde a veces conseguía trabajo temporal.

Naya le habló sobre su amor por las estrellas, por los caballos, por las historias que su abuela solía contar. No mencionó su verdadera identidad, su riqueza, su linaje. En ese momento era simplemente Naya, una mujer sin fortuna, pero con sueños. Y Cole era simplemente Cole, un hombre sin posesiones, pero con un corazón generoso.

Cuando el sol comenzó a ponerse pintando el cielo de tonos rojos y dorados, Col se puso de pie. “Mañana vendré a ayudarte con tu refugio”, prometió. Nadie debería dormir bajo un techo que podría derrumbarse. “Gracias, Cole”, dijo Naya. Y por primera vez desde que llegó a Río Seco, su sonrisa fue genuina y completa. Mientras lo veía alejarse, con su caminar tranquilo y seguro, a pesar de su pobreza, Naya supo que algo especial acababa de comenzar, algo que ninguna riqueza podría comprar.

Los días siguientes transformaron la vida de Naya de maneras que nunca imaginó. Cole cumplió su promesa y cada mañana aparecía con herramientas prestadas, tablones viejos que encontraba y una sonrisa que iluminaba incluso las mañanas más grises. Buenos días, Naya. Saludaba siempre con el mismo entusiasmo, como si ella fuera la persona más importante del mundo.

Juntos reconstruyeron el refugio. Colle enseñó a Naya cómo clavar los tablones para que resistieran el viento, cómo tejer ramas para hacer un techo más sólido, cómo cavar pequeños canales alrededor para que el agua de lluvia no inundara el interior. “Mi padre me enseñó esto antes de morir”, explicaba Cole mientras trabajaba.

Decía que un hombre que sabe construir con sus manos nunca estará completamente perdido. Naya observaba sus manos callosas y ásperas, manos que trabajaban sin descanso no para sí mismo, sino para ayudarla a ella. Ningún pretendiente rico había hecho algo así por ella jamás. Pero el pueblo no veía con buenos ojos esta amistad. Los murmullos crecían como malas hierbas.

Mira a Col perdiendo el tiempo con esa apache sin futuro, decía el herrero con desprecio. Dos pobres juntos solo serán más pobres, añadía la costurera riendo con malicia. Una tarde, mientras Naya caminaba hacia el pozo del pueblo para sacar agua, un grupo de mujeres le bloqueó el paso. “Este pozo es para la gente del pueblo”, dijo la líder del grupo, una mujer llamada Rosa de rostro abinagrado.

“No para vagabundas, solo necesito agua”, respondió Naya con calma, aunque su corazón latía con fuerza. Pues ve a buscarla al río como los animales. Escupió otra mujer. Naya sintió la humillación arder en sus mejillas, pero antes de que pudiera responder, la voz de Cole resonó de ella. “Quítense del camino.

” Las mujeres se giraron sorprendidas. “Cole, esto no es asunto tuyo”, dijo Rosa con tono altanero. “Cualquier injusticia es asunto mío”, respondió Cole, colocándose junto a Naya. Este pozo es del pueblo y ella está en el pueblo. Tiene tanto derecho como cualquiera de ustedes. ¿La estás defendiendo?, preguntó Rosa incrédula. Eres un tonto, Cole.

Ella no tiene nada que ofrecerte. Cole miró a las mujeres con una intensidad que las hizo retroceder. Ustedes son las que no tienen nada que ofrecer. Naya tiene bondad, tiene dignidad, tiene coraje. Eso vale más que todo el oro que pudieran poseer. Las mujeres, avergonzadas y furiosas, se dispersaron murmurando insultos.

Naya se quedó inmóvil, con lágrimas amenazando con escapar de sus ojos. “No tenías que hacer eso”, susurró. Sí, tenía que hacerlo, respondió Cole suavemente. No puedo quedarme callado cuando veo crueldad. Esa noche, sentados junto al refugio que habían construido juntos, Naya decidió probar el corazón de Cole de una manera diferente.

“Cole, tengo hambre”, dijo, aunque había comido hace poco, “pero no me queda dinero para comprar comida”. Cole no dudó ni un segundo. Sacó de su bolsillo una pequeña bolsa de tela. Toma dijo entregándosela. Es todo lo que tengo. Alcanza para algo de pan y quizás un poco de queso. Naya miró la bolsa sabiendo que esas monedas probablemente representaban todo lo que Cole había ganado en una semana de trabajo duro.

“No puedo aceptar esto”, dijo empujando la bolsa de vuelta. Es todo tu dinero. El dinero se puede ganar de nuevo, respondió Cole con una sonrisa. Pero la amistad verdadera es irreemplazable. Además, ¿qué clase de hombre sería si dejara que pasaras hambre teniendo yo algo que compartir? Naya sintió su corazón hincharse de emoción.

había probado a Cole y él había pasado la prueba con honor. “Eres una persona especial, Cole”, dijo con voz temblorosa. “Y tú también, Naya, por eso te ayudo, no porque espere algo a cambio, sino porque hizo una pausa buscando las palabras correctas. Porque cuando te miro veo a alguien que merece toda la bondad del mundo.

” Los días se convirtieron en semanas. Cole continuaba trabajando donde podía y siempre compartía sus ganancias con Naya. Le traía flores silvestres que encontraba en el campo, le contaba historias junto al fuego, la protegía de las miradas y comentarios crueles del pueblo. Una mañana fría, Naya despertó temblando. El refugio era bueno, pero no tenía mantas suficientes para el frío del desierto nocturno.

Cuando Cole llegó y la vio temblar, inmediatamente se quitó su chaqueta, la única que tenía, y la envolvió con ella. Cole, vas a tener frío, protestó Naya. Yo aguanto bien el frío mintió Cole, aunque ya comenzaba a sentir el viento helado penetrar su camisa delgada. Además, esta chaqueta te queda mejor a ti.

Esa tarde, mientras Cole trabajaba en el campo cercano, Naya notó que temblaba, pero se negaba a pedirle de vuelta su chaqueta. Su piel se había puesto pálida, sus labios casi azules, pero siguió trabajando sin quejarse. No pudo soportarlo más. Corrió hacia él y le devolvió la chaqueta. “Por favor, póntela”, rogó. No puedo verte sufrir por mí.

Col la miró con ternura. Naya, no lo entiendes. Sufriría mil fríos antes que verte a ti pasar frío una sola noche. Eso es lo que significa cuidar de alguien. En ese momento, bajo el sol del atardecer que teñía el cielo de púrpura y oro, Naya supo con certeza absoluta que había encontrado lo que buscaba.

No en un guerrero rico, no en un comerciante próspero, sino en un humilde vaquero que no tenía nada, excepto un corazón más grande que todo el territorio del oeste. Cole dijo suavemente, hay algo que necesito decirte. Pero antes de que pudiera continuar, el sonido de cascos de caballos resonó en la distancia. Muchos caballos. Naya palideció. Reconocía ese sonido.

Era su tribu. habían venido a buscarla. El secreto estaba a punto de revelarse y Naya no sabía si Co podría perdonarla por haberle ocultado la verdad. El polvo se levantó en nubes doradas, mientras una docena de jinetes apaches entraron a Río Seco. No eran jinetes comunes. Montaban los caballos más hermosos que el pueblo había visto jamás, con sillas adornadas en plata y mantas tejidas con diseños intrincados.

Los guerreros vestían pieles finas y llevaban armas decoradas con turquesa y coral. Al frente cabalgaba el jefe Tacoda, imponente y majestuoso, su presencia comandando respeto inmediato. A su lado, la madre de Naya, envuelta en un chal bordado con hilos de oro. El pueblo entero salió de sus casas y tiendas, boquia abiertos ante el espectáculo.

Nunca habían visto tal despliegue de riqueza y poder. Cole, que estaba junto a Naya cuando los jinetes aparecieron, sintió como ella se tensaba. Naya, ¿qué pasa? Preguntó confundido. Pero antes de que ella pudiera responder, Tacoda desmontó con gracia y caminó directamente hacia ellos. Sus ojos se posaron en su hija y una sonrisa de alivio cruzó su rostro severo.

“Naya, hija mía, dijo en español, para que todos entendieran, hemos venido a llevarte a casa.” El silencio que siguió fue ensordecedor. Todas las miradas del pueblo se clavaron en Naya, luego en el jefe Apache, luego de vuelta a Naya. “Hija,” susurró alguien en la multitud que se había formado.

“La vagabunda es su hija”, preguntó otro con incredulidad. Rosa, la mujer que había sido tan cruel con Naya, palideció como si hubiera visto un fantasma. Cole dio un paso atrás, su rostro mostrando confusión total. Naya, no entiendo. Naya cerró los ojos por un momento, respirando profundo. Había llegado el momento de la verdad.

Col, dijo girándose hacia él con lágrimas en los ojos. Mi nombre es Naya. Eso es verdad, pero no te conté toda la verdad. Soy la hija del jefe Tacoda. Mi tribu es una de las más ricas de toda la región. Col la miraba como si nunca antes la hubiera visto. Rica, pero tu ropa, tu refugio, todo era una mentira. Terminó Naya, suvoz quebrándose

Vine aquí disfrazada de pobre, porque estaba cansada de hombres que solo me querían por mi riqueza. Quería encontrar a alguien que me amara por quien soy, no por lo que poseo. La madre de Naya se acercó extendiendo hacia su hija un hermoso vestido tradicional apache, adornado con cuentas brillantes y bordados elaborados. Es hora de volver a casa, hija.

Ya has completado tu búsqueda. Pero Cole no se movía. Su rostro había pasado de la confusión a algo más oscuro. Dolor, traición. ¿Todo fue una prueba? preguntó su voz temblorosa. Yo fui una prueba. No exclamó Naya tratando de acercarse, pero Cole retrocedió. Cole, por favor, déjame explicar. Explicar qué.

La voz de Cole ahora sonaba amarga. que jugaste conmigo, que mientras yo compartía mi último centavo contigo, tú tenías riquezas esperándote, que cada vez que te di mi comida, mi chaqueta, mi tiempo, ¿tú sabías que era un tonto? No eres un tonto gritó Naya, las lágrimas ahora corriendo libremente por sus mejillas.

Eres el hombre más noble que he conocido. Por eso hice esto, para encontrarte a ti. La multitud del pueblo murmuraba intensamente. Rosa y las otras mujeres que habían maltratado a Naya, ahora lucían aterrorizadas, temiendo represalias. Los comerciantes que le habían negado servicio se escondían detrás de otros. Tacoda observaba la escena con interés.

se acercó a Cole, estudiándolo con ojos penetrantes. “Tú eres el hombre que ayudó a mi hija.” No era una pregunta, era una afirmación. Col lo miró con dignidad a pesar de su dolor. No sabía quién era ella, simplemente era lo correcto. “Exactamente”, dijo Tacoda con aprobación. Los guerreros más ricos de tres tribus vinieron a pedir la mano de mi hija.

Le ofrecieron caballos, pieles, joyas. Pero ninguno compartió su última comida con ella. Ninguno le dio su única chaqueta, ninguno la defendió cuando fue humillada. Cole guardó silencio, procesando las palabras del jefe. “Mi hija te eligió a ti, Cole”, continuó Tacoda. “Y yo respeto su elección. Has demostrado tener el corazón de un verdadero guerrero, aunque no tengas las riquezas de uno.

No quiero su riqueza, dijo Cole con firmeza, mirando finalmente a Naya. Nunca la quise, pero sí quería su honestidad. Naya dio un paso adelante, su voz desesperada pero honesta. Tienes razón. Debí decirte la verdad antes. Pero tenía miedo, Cole. Miedo de que si sabías quién era realmente cambiaras. Miedo de que me trataras diferente.

Todos los hombres que conocieron mi verdadera identidad solo vieron mi riqueza. Yo no soy todos los hombres, respondió Koua. Lo sé, susurró Naya. Por eso me enamoré de ti. El silencio cayó sobre la plaza. Incluso los murmullos de la multitud cesaron ante esta confesión. Cole cerró los ojos luchando con sus emociones.

Había sido herido, engañado, pero también también había encontrado algo real, algo que buscaba toda su vida sin saberlo. ¿De verdad me amas?, preguntó finalmente, su voz apenas audible. O esto también es parte de tu prueba? Naya se quitó un collar simple que llevaba oculto bajo su vestido raído. Era lo único de valor que había traído consigo, un medallón familiar que había pertenecido a su abuela.

Juegos familiares

“Este medallón ha estado en mi familia por generaciones”, dijo colocándolo en las manos de Cole. Vale más que todo el oro de mi tribu, porque representa nuestro linaje, nuestra historia. Te lo doy a ti, Cole, no como prueba, sino como promesa. Mi corazón es tuyo, si aún lo quieres. Cole miró el medallón, luego a Naya, luego al jefe Tacoda, que observaba con una mezcla de severidad y esperanza.

La decisión más importante de su vida estaba frente a él. Podría perdonar, podría ver más allá del engaño y reconocer la intención pura detrás de él. El viento del desierto sopló entre ellos, llevando consigo el peso de un momento que cambiaría todo. Cole sostenía el medallón en sus manos temblorosas, sintiendo el peso de generaciones de historia apache en esa pequeña pieza de plata labrada.

El sol de la tarde iluminaba las lágrimas que brillaban en los ojos de Naya. Y en ese momento Cole vio más allá de su dolor. Recordó cada sonrisa genuina de ella, cada risa compartida junto al fuego, cada conversación bajo las estrellas. Esos momentos habían sido reales. El engaño sobre su identidad no cambiaba la verdad de sus emociones.

Respiró profundo y miró directamente a los ojos de Naya. Estoy herido dijo con honestidad. No voy a mentir sobre eso, pero también entiendo por qué lo hiciste. En tu lugar, yo también habría querido saber quién me amaba de verdad. Naya contuvo el aliento esperando. Y la verdad es, continuó Cole, su voz haciéndose más firme.

La verdad es que me enamoré de una mujer que reía mirando las estrellas, de una mujer que encontraba belleza en las flores silvestres, de una mujer valiente que soportó el rechazo y la crueldad sin perder su dignidad. Esa mujer es real,Naya. Rica o pobre, sigue siendo tú. Las lágrimas de Naya ahora eran de alivio y alegría.

Entonces, ¿me perdonas? Cole dio un paso hacia ella, cerrando la distancia que lo separaba. Te perdono, pero con una condición. No más secretos entre nosotros. Nunca más. Nunca más, prometió Naya, su voz quebrándose de emoción. Te lo juro. Cole tomó sus manos entre las suyas y ante la mirada de todo el pueblo y la tribu Apache dijo las palabras que sellaron su destino.

Entonces, sí, Naya, acepto tu corazón y te doy el mío a cambio, aunque es lo único de valor que poseo. Es todo lo que necesito susurró ella, y se abrazaron mientras la multitud observaba en silencio atónito. La coda se acercó a ellos colocando una mano sobre el hombro de Cole. “Has pasado la prueba más difícil de todas, joven Cole.

No la prueba que mi hija diseñó, sino la prueba de perdonar cuando has sido herido. Eso requiere un coraje que pocos hombres poseen.” Se dirigió entonces a la multitud del pueblo, su voz resonando con autoridad. “Pueblo de Río Seco, ustedes rechazaron a mi hija cuando pensaron que no tenía nada. La insultaron, la humillaron, le negaron hasta el agua del pozo.

Pero este hombre, señaló a Col, este hombre que ustedes también despreciaban por su pobreza, la trató con dignidad y respeto. Rosa y los otros comerciantes bajaron la cabeza avergonzados. Hoy aprenden una lección, continuó Tacoda. La verdadera riqueza no se mide en oro o plata, se mide en honor, bondad y coraje.

Este hombre pobre es más rico que todos ustedes juntos. El sherifff del pueblo, un hombre que había permanecido callado durante todo el evento, finalmente habló. Tiene razón, jefe Tacoda. Hemos sido crueles e injustos. Cole siempre ha sido un hombre trabajador y honesto, pero lo tratamos mal porque no tenía dinero y a su hija tragó saliva.

Le pedimos disculpas sinceras. Uno por uno, los habitantes del pueblo comenzaron a acercarse, ofreciendo disculpas tímidas y avergonzadas. Rosa fue la primera con lágrimas de arrepentimiento en sus ojos. Naya, fui terrible contigo. No tengo excusa. Si puedes perdonarme algún día, estaré eternamente agradecida. Naya, con la madurez y gracia que su posición requería, asintió.

El perdón es un regalo que doy libremente, como cole me lo dio a mí. Pero espero que esta lección permanezca en sus corazones. Nunca juzguen a las personas por sus posesiones. La madre de Naya se acercó entonces llevando el hermoso vestido tradicional. Hija mía, es hora de volver a casa. Y Cole miró al joven vaquero con calidez maternal.

Cestas de regalo

Tú también vendrás con nosotros. Eres parte de nuestra familia ahora. Cole miró su humilde refugio, el pueblo que había sido su hogar difícil, y luego Anaya. ¿Estás segura de esto? le preguntó en voz baja. Yo no tengo nada que aportar a tu familia. No sé nada de ser rico, de vivir entre la nobleza apache.

Naya tomó su rostro entre sus manos suavemente. Me has dado todo lo que importa, Cole. Me diste respeto cuando nadie más lo hizo. Me diste bondad cuando el mundo fue cruel. Me diste amor sin condiciones. Eso vale más que todas las riquezas de mi tribu. Tacoda sonrió complacido con la respuesta de su hija. Cole, en nuestra tribu, un hombre no se mide por lo que tiene al nacer, sino por lo que construye con sus manos y su corazón.

Tendrás un lugar de honor entre nosotros. Te enseñaremos nuestras costumbres y tú nos enseñarás las tuyas. Así es como dos mundos se unen. Esa tarde, mientras el sol se ponía en un estallido de colores naranjas y púrpuras, Col montó junto a Naya hacia su nueva vida. La tribu los rodeaba cantando canciones tradicionales de celebración.

Los habitantes de Río Seco los observaban partir, algunos con envidia, otros con admiración, todos con una lección grabada en sus corazones. Antes de desaparecer en el horizonte, Cole se giró una última vez hacia el pueblo. No sentía amargura, solo gratitud, porque fue en ese lugar difícil donde encontró el tesoro más grande de su vida.

Naya lo notó mirando atrás y sonríó. ¿Extrañarás Río Seco?, preguntó. No extrañaré el lugar, respondió Cole honestamente. Pero nunca olvidaré lo que aprendí allí. Aprendí que el amor verdadero no conoce fronteras de riqueza o pobreza, que el corazón noble es el único tesoro que realmente importa. Cabalgaron hacia la puesta del sol.

Juegos familiares

Dos almas que habían encontrado en medio de la adversidad lo que muchos buscan toda la vida. Amor verdadero, puro e inquebrantable. Y en las tierras apaches, donde las montañas tocaban el cielo y los ríos cantaban canciones antiguas, Cole y Naya construyeron una vida juntos. Él aprendió las tradiciones de su pueblo y se convirtió en un miembro respetado de la tribu.

Ella nunca olvidó las lecciones que aprendió en Río Seco y siempre trató a todos con igualdad, sin importar su riqueza. Años después, cuando contaban su historia alrededor del fuego a las nuevas generaciones, terminaban siemprecon las mismas palabras. El verdadero amor no se compra con oro, se gana con bondad, se cultiva con respeto y se mantiene con honestidad.

Y cuando lo encuentras, descubres que eres la persona más rica del mundo, sin importar lo que tengas en tus bolsillos. Y así, bajo las mismas estrellas que habían sido testigos de su primer encuentro, Cole y Naya vivieron con felicidad, demostrando cada día que el amor verdadero siempre triunfa.