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Richard Wolff: Trump contra las cuerdas: la Corte Suprema le cierra la última puerta

La Corte Suprema de Estados Unidos acaba de propinar un golpe judicial que en realidad ha clausurado la era de la inmunidad jurídica de Donald Trump, dejando al expresidente y a todo su equipo legal en un estado de shock total e irremediable. Estamos siendo testigos de un momento decisivo histórico que casi nadie en el entorno de Trump imaginaba que sucedería de verdad.

Durante años, la táctica ha consistido en dilatar, recurrir y esperar que los mecanismos judiciales lentos consumieran el plazo disponible. Pero desde esta mañana el plazo no solo se ha agotado, se ha pulverizado por completo. El máximo tribunal del país ha dictado una resolución de una sola línea que posee más fuerza que 1000 páginas de dictámenes legales. Petición rechazada.

Con esas dos palabras se ha sellado la última posibilidad de recurso. No quedan más solicitudes por formular. No quedan más suspensiones urgentes por demandar. El proceso judicial ha concluido formalmente y Donald Trump ahora contempla el precipicio de la responsabilidad inmediata. Antes de examinar el mecanismo devastador de este veredicto definitivo y detallar por qué las fuentes indican que Trump está sumido en un pánico absoluto en Mar laaggo, tomen un instante para pulsar el botón de suscripción.

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Desglosemos la configuración de este fallo desastroso en una resolución que expertos en derecho e historiadores constitucionales ya califican como el repudio más significativo a un expresidente en la historia estadounidense. La Corte Suprema ha rechazado oír la apelación definitiva de Trump acerca de su pretensión de inmunidad presidencial total.

Esa era su jugada final desesperada. La afirmación de que un presidente no puede ser juzgado por ninguna acción realizada durante su mandato. Los letrados de Trump lo habían jugado todo en esa carta. Pensaban que aunque cayeran en instancias menores, la Corte Suprema con su mayoría conservadora, al menos les otorgaría una vista, un trámite que tomaría meses o incluso años.

En su lugar, los magistrados desestimaron el caso al instante. Ni siquiera fijaron audiencias orales. Sencillamente validaron el fallo del Tribunal Inferior. Una decisión que declaraba con claridad que un expresidente no es un monarca y debe responder ante las leyes penales de Estados Unidos, igual que cualquier persona común.

Esta no es una desestimación habitual, es un rechazo absoluto a la doctrina del ejecutivo unitario que Trump ha empleado como protección durante décadas. La rapidez de las repercusiones es lo que vuelve esta coyuntura tan explosiva. Normalmente, cuando la Corte Suprema desestima un caso, existe un lapso de gracia procedural antes de que se active la orden del Tribunal Menor, es decir, la directriz oficial para reanudar el proceso o cumplir la condena.

Pero en un paso que ha dejado atónitos a los analistas jurídicos, la Corte Suprema dispuso que la sentencia se aplique de inmediato. En términos legales, de inmediato equivale a ahora mismo, lo que implica que no hay interrupción. La pausa que detenía los procesos penales se ha evaporado en un segundo. El fiscal especial Jack Smith tiene vía libre para proceder sin demora al juicio.

La jueza en Nueva York puede ejecutar la sentencia. La barrera judicial se ha quebrado y el torrente inunda todo al unísono. Trump amaneció hoy pensando que disponía de meses para maniobrar. Esta noche se acostará sabiendo que la selección del jurado podría arrancar tan pronto como la semana entrante. El ambiente en Mar a Lago es, según reportes, de un desconcierto apocalíptico.

Fuentes próximas al expresidente lo pintan como atónito, incapaz de asimilar que los jueces que él designó, Gorsuch, Cavanao, Barret, no actuaran para rescatarlo. Él consideraba a la Corte Suprema su salvavida supremo, su valuarte final contra el establishment. Darse cuenta de que la Corte lo ha desertado es un impacto mental que duele más que cualquier revés electoral.