Estaba dormidito en su cama donde le llegó la B∆L∆ P£RDID∆ que le ∆RR£B∆… Ver más

Estaba dormidito en su cama donde le llegó la B∆L∆ P£RDID∆ que le ∆RR£B∆… Ver más

 

¡PÁRENLE A SUS PRENSAS Y AGÁRRENSE EL CORAZÓN PORQUE SE LES VA A ROMPER EN MIL PEDAZOS! ESTA ES LA CRÓNICA ROJA QUE NUNCA QUISIMOS ESCRIBIR, LA QUE NOS HACE PREGUNTARNOS HASTA CUÁNDO, MÉXICO, HASTA CUÁNDO VAMOS A SEGUIR PONIENDO A LOS MUERTITOS INOCENTES.

TÍTULO EXPLOSIVO: ¡SUEÑO ETERNO BAJO EL PLOMO! UN “ANGELITO” NO DESPERTÓ JAMÁS: UNA BALA PERDIDA, DISPARADA POR HIJOS DEL DIABLO EN PLENA MADRUGADA, LE ARREBATÓ LA VIDA MIENTRAS ESTABA “DORMIDITO” EN SU PROPIA CAMA. ¡LA TRAGEDIA QUE TIENE A UN BARRIO ENTERO AULLANDO DE DOLOR Y RABIA!

SUBTÍTULO DE IMPACTO: La violencia ciega, esa maldita perra que anda suelta por nuestras calles, no respetó ni el santuario del hogar. Carlitos, de apenas 7 añitos, soñaba con ser portero de la selección; ahora es otra estadística fría en la morgue. Su madre gritó al cielo, pero el cielo anoche estaba sordo por el estruendo de las metralletas. ¡Aquí te contamos la neta del planeta, la historia cruda que te va a hervir la sangre!


POR: EL “TUNDEMÁQUINAS” RAMÍREZ / CRÓNICA ROJA URBANA

ECATEPEC, ESTADO DE MÉXICO (DONDE LA VIDA VALE MENOS QUE UN CARTUCHO QUEMADO).– ¡Ay, nanita! ¿Cómo se empieza a contar una historia que te nuda la garganta y te seca el alma? ¿Con qué palabras les explico el horror que se vivió en la colonia “La Esperanza” (¡qué pinche ironía de nombre!) la madrugada de este martes negro?

No hay palabras, mi raza. Solo hay rabia, impotencia y un chingo de lágrimas.

La imagen que circuló en redes sociales, esa que les llegó a ustedes con un texto cortado que decía “Estaba dormidito en su cama donde le llegó la B∆L∆ P£RDID∆ que le ∆RR£B∆… Ver más”, es solo la punta del iceberg de una pesadilla que ninguna familia debería vivir. Nosotros le dimos clic a ese “Ver más” y nos sumergimos en el infierno para traerles la verdad desnuda.

EL ESCENARIO: UN HOGAR HUMILDE DONDE REINABA EL AMOR, NO EL LUJO.

Carlitos “N”, un chamaquito vivaracho, con la sonrisa chimuela y las rodillas siempre raspadas de tanto jugar en la calle de terracería, se había ido a acostar temprano. Había cenado sus frijolitos con tortilla y le había dado el beso de buenas noches a su jefa, Doña Rosa.

“Mañana me despiertas temprano pa’ la escuela, ¿eh, ma?”, fueron sus últimas palabras, dichas con esa inocencia que solo tienen los que no conocen la maldad del mundo.

Se metió en su camita, se tapó hasta la nariz con su cobija de superhéroes y cerró los ojitos. Estaba “dormidito”, como dice la nota viral. Estaba en el lugar más seguro del mundo… o eso pensaban sus padres. Soñando con atajar penales, ajeno a que afuera, en la jungla de asfalto, los demonios andaban sueltos y con ganas de fiesta de plomo.

LA HORA DEL DIABLO: CUANDO LA CALLE SE CONVIRTIÓ EN ZONA DE GUERRA.

Eran las 2:30 de la madrugada cuando el silencio del barrio se rompió de tajo. No fueron cohetes de feria, mi gente. Fue el tableteo inconfundible de las “tartamudas”, el rugir de motores de camionetas blindadas y los gritos de unos malandros que decidieron ajustar sus cuentas pedorras justo frente a la casa de Carlitos.

¡Pum! ¡Pum! ¡Ratatatatata!

El enfrentamiento entre bandas rivales —esas lacras sociales que se sienten dueños de nuestras vidas— convirtió la calle en un campo de tiro. Las balas zumbaban como abejorros de la muerte, pegando en fachadas, rompiendo vidrios, buscando carne.

Doña Rosa y su esposo se tiraron al piso en su cuarto. El instinto de supervivencia chilango. “¡Abajo, viejo, que se armó la gorda!”, gritó ella. Esperaron a que pasara el zafarrancho, rezando el Padre Nuestro con el corazón en la boca, esperando que ninguna de esas “balas perdidas” (que de perdidas no tienen nada, porque siempre encuentran a un inocente) entrara a su casa.

EL SILENCIO QUE DOLÍA MÁS QUE LOS DISPAROS.

Cuando los motores se alejaron y el olor a pólvora quemada inundó la casa, vino lo peor. El silencio.

Doña Rosa se levantó temblando. Su primer pensamiento, como el de toda madre mexicana, fue su crío. Corrió al cuarto de Carlitos para ver si se había asustado con el ruido.

Abrió la puerta despacito. La luz de la luna entraba por la ventanita. Carlitos seguía ahí, “dormidito”. No se había movido. “¡Bendito sea Dios, ni lo sintió!”, pensó Doña Rosa con alivio momentáneo.

Se acercó para darle un beso en la frente y arroparlo mejor. Pero al tocarlo… ¡ay, Dios mío! Al tocarlo sintió algo húmedo y caliente en la almohada.

Prendió la luz. El grito que pegó Doña Rosa desgarró la noche más fuerte que cualquier balazo. Fue un aullido de animal herido que despertó a tres cuadras a la redonda.

Ahí estaba su Carlitos. Un pequeño orificio en la cabeza, justo arriba de la orejita. La almohada de superhéroes estaba empapada en sangre. La bala perdida, ese proyectil maldito que no tenía su nombre pero que el destino cruel le asignó, había atravesado la pared de ladrillo hueco, había cruzado el cuarto y se había alojado en el cerebro del pequeño mientras soñaba.

Lo había matado al instante. Lo “arrebató” de este mundo sin darle chance ni de abrir los ojos.

EL CAOS Y LA IMPOTENCIA: “¡SE ME MUERE MI NIÑO, AYÚDENME POR FAVOR!”

Lo que siguió fue el calvario que ya nos sabemos de memoria. El padre cargando el cuerpo inerte de su hijo, corriendo a la calle en pijama, pidiendo auxilio a gritos. Un vecino con un taxi pirata que se apiadó y los llevó volando al hospital más cercano, pasándose los altos, tocando el claxon como loco.

Llegaron a urgencias. Los doctores corrieron. Intentaron todo. Pero la sentencia ya estaba dictada desde ese cuarto en Ecatepec. “Lo sentimos mucho, señora. Ya no hay nada que hacer. El daño fue fulminante”.

Doña Rosa se desplomó en el piso frío del hospital. Se golpeaba el pecho, le reclamaba a Dios, le reclamaba a la vida. “¿Por qué él? ¡Si era un angelito! ¡Llévenme a mí, culeros!”.

LA ESCENA DEL CRIMEN Y EL VALEMADRISMO DE SIEMPRE.

Mientras tanto, en la colonia, la policía llegó… una hora después. Ya saben, el clásico “ahora que ya pasó todo, venimos a poner la cinta amarilla”.

Los peritos de la fiscalía, con sus trajes blancos y caras de “ya me quiero ir a dormir”, contaron los casquillos en la calle. Más de 40. Calibre grueso. R-15 y cuerno de chivo. Entraron al cuarto de Carlitos. Vieron el agujero en la pared. Vieron la sangre seca en la camita. Tomaron fotos. Se fueron.

¿Y los culpables? ¡Bien gracias! Esos ya estaban lejos, celebrando su “victoria” o escondidos en sus ratoneras, sin importarles un comino que su guerrita estúpida acababa de apagar la luz de una familia para siempre. Para ellos, Carlitos no es una tragedia; es “daño colateral”. ¡Qué poca madre!

EL CLAMOR DE UN PUEBLO HARTO: ¡JUSTICIA O QUEMAMOS TODO!

Hoy, el barrio de “La Esperanza” amaneció sin esperanza. Hay veladoras en la banqueta donde cayó la última canica de Carlitos. Los vecinos están que echan chispas. Ya no es miedo, mi raza, es una furia que quema.

“¡Ya estuvo suave! ¡No podemos ni dormir en paz en nuestras propias casas!”, gritaba Don Chuy, el tendero de la esquina, con los ojos inyectados de llanto. “¡Si la autoridad no hace nada, lo vamos a hacer nosotros! ¡Vamos a linchar al primer malandro que veamos!”.

La historia de Carlitos, el niño que estaba “dormidito” cuando la muerte lo visitó sin invitación, es la historia de un México que se desangra. Es la prueba de que aquí, el peligro no tiene horario y la inocencia no es un escudo.

Desde esta trinchera periodística, le exigimos a las autoridades que dejen de hacerse güeyes. No queremos carpetas de investigación archivadas. ¡Queremos a los responsables! Queremos que paguen por haberle arrebatado sus sueños a un niño de 7 años.

Y a ustedes, familia de Carlitos, no hay palabras que curen ese dolor. Todo México llora con ustedes. Descansa en paz, pequeño portero. Ojalá allá arriba las canchas sean verdes y no haya balas que interrumpan el partido.

¡SEGUIREMOS INFORMANDO Y NO NOS VAMOS A CALLAR HASTA QUE HAYA JUSTICIA! ¡ESTO NO SE VA A QUEDAR ASÍ!