P4dre le qu1ta la v1da a su hij0 tras descubrir que está g… Ver más

¡EXTRA, EXTRA! ¡PAREN LAS PRENSAS Y SUELTEN EL TACO! ¡EL HORROR TOCA A LA PUERTA DE UNA FAMILIA MEXICANA Y LA TRAGEDIA TIENE A TODOS CON EL JESÚS EN LA BOCA!
¡BAÑO DE SANGRE POR INTOLERANCIA! ¡MACHISMO MORTAL EN LA PROPIA CASA! PADRE ENLOQUECIDO POR EL ODIO ULTIMA A SU PROPIO CACHORRO AL DESCUBRIR SU MÁS ÍNTIMO SECRETO.
¡LO QUE ESE MENSAJE CORTADO EN TU CELULAR NO TE QUISO DECIR, AQUÍ TE LO CONTAMOS CON PELOS Y SEÑALES, PORQUE LA VERDAD, AUNQUE DUELA, TIENE QUE SABERSE!
[REDACCIÓN/LA POLICIACA AL ROJO VIVO]
¡Ay, nanita, raza! Agárrense fuerte de donde puedan porque la historia que les traemos hoy está para enchinarle el cuero al más valiente. Si ustedes fueron de los miles que vieron esa notificación maldita en el celular, esa que circuló como reguero de pólvora en el “Feis” y el WhatsApp, con esas letras mochas para burlar la censura: “P4dre le qu1ta la v1da a su hij0 tras descubrir que está g… Ver más”, y sintieron un hueco en el estómago, prepárense. La realidad supera la ficción y el desenlace de esos tres puntitos suspensivos es más negro que la noche misma.
Nosotros no nos andamos con rodeos ni medias tintas. Fuimos hasta el lugar de los hechos, ahí donde todavía huele a pólvora y a tristeza, para traerles la neta del planeta. ¿Qué fue lo que descubrió el Don que lo llevó a convertirse en el verdugo de su propia sangre? ¿Qué significa esa “g” que desató el infierno en la tierra?
CRÓNICA DE UNA MASACRE ANUNCIADA EN LA COLONIA OBRERA
Todo ocurrió en una de esas casitas de interés social, pintada de color melón ya descarapelado, en la populosa colonia “La Esperanza” (¡qué ironía, mis valedores!), donde la gente trabajadora se la rifa día a día. Ahí vivía la familia Martínez.
El jefe de familia, Don Roberto “N”, alias “El Rudo”, un hombre de 55 años, trailero de oficio, de esos de bigote espeso, codo recargado en la ventana y que se sienten muy machines escuchando corridos pesados. Un tipo de la vieja escuela, de los que piensan que “los hombres no lloran” y que rigen su casa con mano de hierro.
Y luego estaba “Lalito”, Eduardo “N”, el hoy occiso. Un chavito de apenas 17 años. Un muchacho tranquilo, dicen las vecinas persignadas, de esos que no rompen un plato. Buen estudiante de prepa, siempre pegado a su celular, un poco retraído, que casi no salía a echar la cáscara con los vagos de la esquina.
¿Quién iba a pensar que detrás de esa fachada de familia “normal” se cocinaba una olla de presión a punto de reventar?
EL HALLAZGO QUE DESATÓ AL DEMONIO INTERNO
La tarde de ayer, el destino jugó su carta más cruel. Don Roberto llegó temprano de un viaje largo, cansado y con ganas de echarse una cheve. Lalito no estaba, había salido a la tienda. Pero dejó su celular cargando en la sala. ¡Grave error!
El teléfono vibró. Una, dos veces. La curiosidad mató al gato, dicen por ahí, pero esta vez mató la inocencia. Don Roberto, con esa desconfianza que caracteriza a los celosos patológicos, agarró el aparato ajeno. La pantalla se iluminó.
Ahí estaba. La notificación que lo cambió todo. No era un mensaje de una novia. No era un mensaje de pandillas. Era un mensaje de un tal “Sebastián” que decía: “Te extraño mi amor, ya quiero verte”, acompañado de emojis de corazones de colores.
¡PUM! ¡Se le vino el mundo encima al Don! La sangre se le subió a la cabeza. Sus creencias machistas, su homofobia arraigada, todo ese veneno que traía dentro explotó en un segundo. ¡Su hijo! ¡Su sangre! ¿Cómo era posible que su muchacho bateara para el otro lado? Para la mente cuadrada de “El Rudo”, eso era peor que tener un hijo delincuente.
Esa “g” del mensaje cortado, raza, esa “g” era de GAY.
EL ENCUENTRO FATAL: “¡PREFIERO VERTE MUERTO!”
Lalito regresó de la tienda con unas papitas en la mano, sin saber que entraba directo al matadero. Apenas cruzó la puerta, el infierno se desató.
Los gritos de Don Roberto se escucharon hasta tres cuadras a la redonda. Doña Chona, la vecina chismosa del 4 (¡benditas vecinas que todo lo oyen!), relató a este medio con lágrimas en los ojos: “¡Ay, joven! Se oía horrible. El Don le gritaba cosas muy feas. Le decía ‘maricón’, ‘poco hombre’, le gritaba que era una vergüenza para su apellido”.
Lalito, asustado, trató de defenderse, trató de explicarle que el amor es amor. Pero intentar razonar con un animal herido en su orgullo macho es imposible. “¡En mi casa no quiero jotos! ¡Prefiero un hijo muerto que un hijo desviado!”, fue la sentencia de muerte que rugió la bestia.
Lo que siguió es una escena dantesca que los peritos de la Fiscalía General de Justicia (FGJ) tardarán en olvidar. Cegado por la ira, Don Roberto no usó los puños. Fue a su caja de herramientas y sacó una llave de cruz, de esas pesadas para cambiar llantas de tráiler.
El primer golpe seco silenció los sollozos del muchacho. Luego vino otro, y otro más. La furia homicida no paró hasta que el cuerpo de Lalito quedó inerte en el piso de loseta barata, en medio de un charco de su propia sangre.
LA ESCENA DEL CRIMEN Y EL ARRIBO DE “LA TIRA”
Fue el silencio repentino lo que alarmó más a los vecinos que los propios gritos. Alguien llamó al 911. Las sirenas de las patrullas y la ambulancia rompieron la tarde.
Cuando los elementos de la policía municipal, con las armas desenfundadas, patearon la puerta, se toparon con el cuadro del horror. Don Roberto estaba sentado en el sillón, con la llave de cruz todavía en la mano ensangrentada, mirando a la nada, con los ojos desorbitados. No opuso resistencia. Parecía que el alma se le había ido del cuerpo junto con la de su hijo.
“Se lo advertí… se lo advertí…”, balbuceaba como disco rayado mientras los oficiales le ponían las esposas.
La madre de Lalito, Doña Rosa, llegó minutos después de su trabajo en la maquila. Sus gritos desgarradores al ver las cintas amarillas de “PROHIBIDO EL PASO” y la camioneta del SEMEFO (Servicio Médico Forense) estacionada afuera de su casa, nos rompieron el corazón a todos los presentes. Se desmayó dos veces antes de que los paramédicos pudieran atenderla.
UN PAÍS DE LUTO: LA REFLEXIÓN FINAL
Hoy, una familia está destruida. Un joven con todo el futuro por delante está en la plancha fría de la morgue. Un padre, que debería haber sido protector, dormirá esta noche en el reclusorio, enfrentando cargos por homicidio agravado por razón de parentesco y odio, que lo podrían refundir en el bote por el resto de sus días miserables.
Y todo, ¿por qué? Por el qué dirán. Por el machismo tóxico que sigue envenenando a nuestra sociedad. Por no aceptar que su hijo era diferente a lo que él esperaba.
Raza, que esta tragedia nos sirva de lección. Ese “Ver más” en tu celular escondía el rostro más feo de la intolerancia. No podemos seguir permitiendo que el odio mate a nuestros hijos en sus propias casas. ¡JUSTICIA PARA LALITO! ¡NI UNO MÁS!
Manténganse sintonizados a nuestras redes. Seguiremos informando sobre el proceso de este monstruo y el último adiós al joven víctima del odio de su propio padre. ¡Qué Dios nos agarre confesados!