Ultima Hora
Mujer da a luz en carretera… Ver más

¡PAREN LAS PRENSAS, SUELTEN EL CHESCO Y AGÁRRENSE DEL ASIENTO PORQUE ESTO ESTÁ DE NO MAM… CREERSE! ¡EL MILAGRO QUE PARALIZÓ MÉXICO Y NOS HIZO LLORAR A TODOS!
¡LA CIGÜEÑA NO TRAÍA GPS Y ATERRIZÓ DE EMERGENCIA ENTRE TRÁILERES Y CLAXONAZOS! LA VERDADERA HISTORIA DETRÁS DEL TITULAR QUE TE DEJÓ CON EL OJO CUADRADO.
[REDACCIÓN/LA VOZ DEL PUEBLO – CDMX]
¡Ay, nanita! Si usted, querido lector, es de los que vio esa notificación en el celular hace unas horas, esa que decía con letras rojas y urgentes: “Última Hora: Mujer da a luz en carretera… Ver más”, y sintió que se le bajaba la presión del puro susto y la intriga, ¡prepárese! Porque si le picó al “Ver más” y se quedó a medias, aquí en su diario de confianza no nos andamos con rodeos. Nosotros nos metimos hasta el acotamiento, olemos a llanta quemada y traemos la crónica completa, sangrita, sudor y lágrimas, de lo que realmente pasó en ese infierno de asfalto que ayer se convirtió en una sala de parto improvisada.
¡Esto no es una película de Hollywood, señores! ¡Esto es la pura neta mexicana, donde la vida se abre paso a chingadazos, literal y metafóricamente!
EL INICIO DEL DRAMA: VIERNES DE QUINCENA, LLUVIA Y UN TRÁFICO DEL DIABLO
La historia comienza como cualquier tragedia urbana en nuestra amada y caótica capital. Viernes por la tarde. Quincena. El cielo se estaba cayendo a pedazos con un tormentón de aquellos que convierten el Periférico en una sucursal de Xochimilco.
Nuestros protagonistas: Lupita “N”, una joven guerrera de 24 años, con una panza de nueve meses que ya parecía sandía de concurso, y su valiente pero nervioso esposo, Beto, un chofer de Didi que se la rifa todos los días para sacar la chuleta.
Ellos venían de regreso de la última revisión médica en la clínica del IMSS. El doctor, muy quitado de la pena, les había dicho: “Todavía le falta, mi hija, vayas a su casa, tómese un tecito y relájese. Eso nace hasta la próxima semana”. ¡Maldito doctor brujo! ¡Ni sabe!
Apenas agarraron la autopista México-Querétaro, a la altura de esa zona maldita conocida como “La Quebradora”, donde siempre hay accidentes, el destino les jugó chueco. Un tráiler doble remolque se había embarrado contra el muro de contención unos kilómetros adelante.
¡Zas, culebra! El tráfico se detuvo en seco. Un estacionamiento gigante de kilómetros y kilómetros. Ni para adelante, ni para atrás. El sueño de todo chilango, ¿verdad?
“¡BETO, YA VIENE! ¡SE ME ROMPIÓ LA FUENTE!”
Ahí estaban, atorados entre un camión de redilas cargado de puercos y un autobús foráneo que echaba más humo que chimenea industrial. El Beto estaba sudando frío, mentando madres en voz baja mientras veía el Waze pintado de rojo sangre.
De repente, el grito de Lupita rompió el silencio incómodo del Tsuru: “¡Beto, no mames! ¡Beto, ya viene! ¡Siento la cabeza!”.
¡Imagínense la escena, raza! El Beto se puso blanco como papel. Volteó a ver a su mujer y vio el asiento del copiloto empapado. Se le había roto la fuente. No había vuelta de hoja. El chamaco (o chamaca, porque era sorpresa) había decidido que ese preciso momento, en medio del caos vehicular y el olor a diésel, era el momento perfecto para conocer el mundo.
Beto entró en pánico. Trató de meterse al acotamiento, pitando como loco, sacando la mano, gritando. La gente, estresada, ni lo pelaba. “¡Abran paso, mi mujer va a parir!”, gritaba con la voz quebrada.
Finalmente, logró orillar el carro en un pedacito de tierra y grava. La lluvia arreciaba. Lupita ya estaba en posición de combate, agarrada del tablero, pujando con una fuerza que solo las jefecitas mexicanas sacan en los momentos críticos.
EL PARTO MÁS CARDÍACO DEL AÑO: SIN DOCTORES, PERO CON MUCHOS HUEVOS
Beto no es doctor. Beto apenas si sabe cambiar una llanta. Pero el amor y la desesperación lo transformaron. Se bajó del carro bajo el aguacero, abrió la puerta del copiloto y vio lo que ningún curso de paternidad te enseña: la realidad cruda.
“¡Puja, Lupita, puja con todo mi reina!”, le gritaba él, sin tener ni idea de qué hacer después. No tenían toallas limpias, no tenían agua caliente, no tenían ni madres. Solo tenían la luz intermitente del Tsuru y las ganas de que todo saliera bien.
Lupita gritaba. Sus gritos se mezclaban con los claxonazos de los impacientes que no sabían el drama que se vivía a unos metros. Era una escena dantesca, caótica, pero extrañamente hermosa.
La cabecita del bebé empezó a asomar. Beto, con las manos temblorosas y llenas de grasa del volante, se preparó para recibir a su hijo. “¡Ya lo veo, amor, ya lo veo! ¡Un último esfuerzo, échale los kilos!”.
APARECE EL ÁNGEL DEL CAMINO: UN HÉROE ANÓNIMO CON BIGOTE
Y justo cuando parecía que la cosa se iba a complicar, porque el bebé venía con prisa y el cordón umbilical se veía medio enredado, ocurrió el milagro.
Del camión de redilas de al lado, bajó un señorón. Don Ramiro, un trailero de esos de la vieja escuela, con bigote de Zapata y una panza chelera respetable, pero con un corazón de oro. Don Ramiro había visto el relajo y, como buen mexicano, no se pudo quedar de brazos cruzados.
“¡Quítate chamaco, te me vas a desmayar!”, le dijo Don Ramiro al Beto, empujándolo suavemente. El trailero, que en sus 40 años en la carretera había visto de todo (desde fantasmas hasta partos de vacas), sacó de su camarote una franela roja “casi” limpia y un botiquín de primeros auxilios que parecía de la Segunda Guerra Mundial.
Don Ramiro tomó el control de la situación con una calma impresionante. Le daba instrucciones a Lupita, calmaba al Beto que ya estaba llorando, y dirigía la orquesta.
¡ES NIÑO! Y NACIÓ CON TORTA BAJO EL BRAZO (Y OLOR A DIÉSEL)
Con un último pujo sobrehumano de Lupita, que retumbó más fuerte que un trueno, el bebé salió disparado a las manos callosas de Don Ramiro.
El silencio se hizo por un segundo… y luego, el llanto. ¡Ese llanto maravilloso y potente que anuncia la vida! ¡WAAAA, WAAAA!
¡Es un niño! Un varoncito sano, rosadito, que llegó al mundo mentándole la madre al tráfico y a la lluvia. Don Ramiro, con la pericia de un cirujano, limpió la carita del bebé con la franela y, usando unas tijeras chatas de su botiquín y un pedazo de hilo cáñamo, cortó el cordón umbilical.
“¡Bienvenido al mundo, cabrón!”, dijo Don Ramiro con una sonrisa de oreja a oreja, entregándole el bultito llorón a una Lupita exhausta pero con la cara iluminada por la felicidad más pura.
Beto abrazó a su esposa y a su hijo, llorando como Magdalena, sin importarle que los otros conductores ya se habían bajado a ver el chisme y estaban aplaudiendo y pitando, celebrando la llegada del nuevo mexicano.
LA LLEGADA DE LOS “AZULES” Y EL FINAL FELIZ
Como siempre en este país, la policía y la ambulancia llegaron cuando el show ya había terminado. Las sirenas se escucharon a lo lejos 40 minutos después del nacimiento. Los paramédicos de la Cruz Roja, aunque llegaron tarde al parto, hicieron su chamba: revisaron a Lupita y al bebé “trailero”, confirmando que ambos estaban, milagrosamente, en perfecto estado de salud, solo un poco fríos y mojados.
Los subieron a la ambulancia para llevarlos al hospital más cercano para las revisiones de rutina. El tráfico, curiosamente, empezó a fluir justo después del nacimiento, como si el universo hubiera estado esperando a que el chamaco naciera.
Beto se fue en la ambulancia, no sin antes darle un abrazo de oso a Don Ramiro. “¡Jefe, no tengo cómo pagarle, usted es un ángel!”, le dijo. Don Ramiro, humilde, solo se ajustó la gorra y dijo: “Pa’ eso estamos, mijo. Nomás pónganle Ramiro al escuincle y estamos a mano”. Y se subió a su tráiler a seguir su camino.
REFLEXIÓN: LA RAZA ES LA RAZA
Esta historia, mis queridos lectores, es la prueba viviente de que en México, hasta en las peores circunstancias, la solidaridad y los huevos de la gente nos sacan adelante.
Un bebé nació en el acotamiento de una de las carreteras más peligrosas del país, bajo la lluvia y sin médicos fifís. Nació gracias al coraje de su madre, al amor torpe pero sincero de su padre, y a la ayuda desinteresada de un extraño que se convirtió en familia en cinco minutos.
Se dice que al niño, que efectivamente están pensando llamar Ramiro Guadalupe (por el trailero y por la Virgencita que los cuidó), ya le ofrecieron pañales gratis de por vida una marca famosa y que la Guardia Nacional lo quiere hacer miembro honorario.
¡Enhorabuena a los nuevos padres! Y recuerden, raza, la próxima vez que estén atorados en el tráfico y quieran mentar madres, piensen que quizá, en el carro de al lado, la vida se está abriendo paso de la forma más espectacular.
¡Qué historia, carajo! ¡Esto sí es México!