ATENCIÓN. Localizan SIN VIDA al p… Ver más

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¡PÁRENLE A SUS ROTATIVAS Y AGÁRRENSE DE DONDE PUEDAN, MI RAZA! PORQUE LO QUE ESTÁN A PUNTO DE LEER NO ES UN CUENTO DE TERROR, ES LA PURA Y PACHONA REALIDAD QUE NOS ACABA DE DAR UNA CACHETADA GUAJOLOTERA EN MERO OMBLIGO DE SEMANA.

TÍTULO EXPLOSIVO: ¡SE NOS FUE LA ALEGRÍA DEL BARRIO! EL “P” QUE NOS PARÓ EL CORAZÓN NO ERA NI POLÍTICO NI POLICÍA… ¡ERA EL ALMA DE LA FIESTA! CRÓNICA DE UNA TRAGEDIA CON NARIZ ROJA QUE TIENE A TODA LA COLONIA LLORANDO SANGRE. ¡ENTÉRATE DE LA CRUDA VERDAD DETRÁS DE ESE MALDITO “…VER MÁS” QUE NOS DEJÓ FRÍOS!

SUBTÍTULO DE IMPACTO: Todos vimos esa notificación en el celular. El estómago se nos hizo nudo. “ATENCIÓN. Localizan SIN VIDA al p… Ver más”. ¿Quién era? ¿Qué le pasó? El morbo nos ganó, la tripa se nos torció. ¡NO, SEÑORES! La realidad supera la ficción más macabra. El destino le jugó la broma más cruel al hombre que solo quería hacernos sonreír. Te contamos la neta del planeta, al chile y sin censura, el momento exacto en que la risa se apagó para siempre en la Ciudad de la Furia.


POR: EL “TUNDEMÁQUINAS” RAMÍREZ / CRÓNICA ROJA METROPOLITANA DESDE EL ASFALTO QUE HUELE A TRISTEZA Y PÓLVORA.

CIUDAD DE MÉXICO (DONDE LA HUESUDA A VECES SE DISFRAZA DE CHISTE MALO).–

¡Ay, nanita! Mis queridos valedores, compadres del chisme fuerte y la verdad sin filtro. Si ustedes, como su seguro servidor, andaban con el alma en un hilo después de que les vibró el cel con esa alerta noticiosa incompleta, sabrán que el aire en la ciudad pesaba toneladas esta mañana.

Esa frasecita cortada, ese pinche “…Ver más”, era la puerta de entrada al mismísimo infierno de la incertidumbre. Porque en este oficio, y en este país, cuando la noticia empieza con “Localizan SIN VIDA al P…”, uno ya se imagina lo peor: un pez gordo de la política, un pesado de la maña, o un pobre policía que cumplió su deber. Pero nadie, absolutamente nadie en la redacción, y mucho menos en las calles de la colonia Doctores, estaba preparado para la magnitud de este madrazo emocional.

Nosotros, los de la Crónica Roja, que no le sacamos al parche y nos metemos hasta donde topa el olor a miedo, nos lanzamos al lugar de los hechos apenas cantó el primer gallo (o más bien, apenas sonó la primera sirena). Era un callejón oscuro, de esos donde el sol no entra ni por equivocación, a espaldas de un mercado que apenas despertaba.

EL ESCENARIO DANTESCO: UN AMANECER GRIS CON UN TOQUE DE COLOR TRÁGICO

Ahí estaba la cinta amarilla, esa frontera delgada entre la vida cotidiana y la desgracia ajena. Las torretas de las patrullas pintaban de azul y rojo las paredes grafiteadas, dándole un aire discotequero macabro a la escena. Los peritos, esos zopilotes de blanco, ya estaban chambeando, midiendo, tomando fotos, con esa frialdad que te da ver muertos a diario.

Pero algo no cuadraba. Algo en el bulto que estaba tapado con una sábana térmica plateada llamaba la atención. Se asomaba algo… ¿un zapato?

No era un zapato normal, mi gente. Era un zapatote. Enorme. De esos que parecen lancha, color amarillo canario con puntas rojas. Y más allá, se veía una manga de colores chillantes, un retazo de tela de satín con lunares gigantes.

El corazón se me subió a la garganta. Me acerqué a un “azul” (policía) que conozco, el oficial Godínez, que estaba resguardando el perímetro con cara de pocos amigos y un café de Oxxo en la mano.

—”¿Qué pex, mi poli? ¿Quién es el difunto? ¿Algún narquillo de poca monta? ¿Un briago que se cayó?”.

Godínez me miró, y juro por mi jefecita que vi cómo se le aguadaban los ojos a ese ropero de dos metros. Negó con la cabeza y soltó la bomba en voz baja, como si le doliera pronunciarlo.

—”No, Tundemáquinas. Está más gacho. La ‘P’ del titular… era de PAYASO“.

¡PUM! LA REVELACIÓN QUE NOS ROMPIÓ LA MADRE

¡Chale! Sentí como si me hubieran dado un batazo en la nuca. ¿Un payaso? ¿Quién mata a un payaso? Es como matar a Santa Claus, ¡no mames!

Cuando finalmente levantaron un poco la sábana para que los de Semefo hicieran su trabajo, lo confirmamos. Ahí estaba, tirado boca abajo en un charco de agua sucia mezclada con su propia sangre.

El maquillaje blanco de su cara estaba corrido por la lluvia de la madrugada y, quizá, por sus propias lágrimas finales, formando surcos grises que le daban una expresión de tristeza infinita, la mueca definitiva del payaso triste. La nariz roja de esponja, esa que tantas risas provocó a los chamacos en los semáforos, estaba tirada a medio metro de su mano inerte.

¿QUIÉN ERA “PIMPOLÍN”? EL HÉROE ANÓNIMO DEL CRUCERO

El barrio no tardó en despertar y reconocerlo. No era cualquier payaso. ¡Era “Pimpolín”!

José N., alias “Pimpolín”, un señor de unos 50 años que todos los días, llueva, truene o relampaguee, se plantaba en el cruce de Eje Central y Viaducto. No pedía limosna, él trabajaba. Hacía malabares con tres naranjas, contaba chistes mudos en los 45 segundos que duraba el rojo, le regalaba globos a los niños que iban jetones en el asiento de atrás.

“Pimpolín” era la resistencia contra el mal humor chilango. Era ese minuto de alivio antes de llegar a la oficina a jetearsela al jefe. Se ganaba la chuleta honradamente, con sudor bajo la peluca y toneladas de maquillaje barato que le irritaba la piel.

Doña Chonita, la señora de los tamales que se pone en la esquina del mercado, fue la que lo encontró. Estaba histérica, llorando a moco tendido abrazada a su olla de atole.

—”¡Ay, mi Pimpolín! ¡Pero si era un pan de Dios!”, gritaba la doña entre sollozos. “Ayer en la noche pasó a saludar, me compró un tamal de dulce pa’ la cena. Me dijo que estaba cansado, que la venta estuvo floja porque la gente andaba muy coda. ¡Malditos sean los que le hicieron esto! ¡Qué poca madre!”.

LA CRUDA HIPÓTESIS: EN EL LUGAR EQUIVOCADO, CON LA SONRISA EQUIVOCADA

¿Por qué? Esa es la pregunta que retumba en las paredes del callejón. Pimpolín no le debía nada a nadie. No andaba en malos pasos. Su único vicio era echarse una caguama los sábados viendo el fut.

Las primeras investigaciones, esas que se murmuran entre dientes antes de que salga el reporte oficial, apuntan a lo de siempre en esta selva de asfalto: la maldita casualidad.

Dicen las malas lenguas del barrio que Pimpolín, acortando camino hacia su humilde cuartito de vecindad, vio algo que no debía ver. Quizás un “bisne” de drogas, quizás un “levantón” de esos que ahora son el pan de cada día.

“Los mañosos no perdonan testigos, carnal”, me dijo un franelero que prefirió mantenerse en el anonimato. “Y menos si el testigo llama tanto la atención con esos zapatotes. Seguro pensaron que se iba a ir de sapo con la tira. ¡Pobre vato, lo quebraron por estar ahí nomás!”.

Le dieron tres plomazos. Tres. Uno en la pierna, pa’ que no corriera con esos zapatotes. Y dos en el pecho, directo al corazón que solo sabía bombear buena vibra. Lo dejaron ahí, tirado como basura, mientras su peluca arcoíris se empapaba en el agua sucia del drenaje.

EL CIERRE: UNA CIUDAD QUE LLORA DETRÁS DE LA MÁSCARA

Ese titular que vieron en su celular, raza, ese “Ver más”, es la prueba de que la inocencia en esta ciudad tiene fecha de caducidad. Hoy, el semáforo de Eje Central se sentirá más largo y más gris. Hoy, a los niños les faltará un globo.

El barrio está de luto. No mataron a un capo, ni a un político corrupto. Mataron a la risa. Y eso, mis valedores, eso duele más que cualquier otra cosa.

Exigimos justicia para Pimpolín, aunque sabemos que en este país la justicia es más rara que un político honesto. Pero no nos vamos a callar. Que su nariz roja sea un faro que nos recuerde que ya estuvo suave de tanta violencia.

Descansa en paz, José, “Pimpolín”. Ojalá que allá arriba San Pedro te deje pasar sin hacer fila y que los ángeles se rían con tus chistes, porque aquí abajo, la neta, nos dejaste con un nudo en la garganta y sin ganas de sonreír.

¡SEGUIREMOS INFORMANDO DESDE LA TRINCHERA DEL DOLOR! ¡CAMBIO Y FUERA, Y QUE DIOS NOS AGARRE CONFESADOS PORQUE LA COSA ESTÁ QUE ARDE!