F4LLEC!0 CAMINO A SU GRADUACIÓN… Ver más

¡PAREN LAS PRENSAS, SUELTEN EL CHESCO Y AGÁRRENSE DEL ASIENTO PORQUE SE NOS VIENE EL MUNDO ENCIMA! ¡ESTA NOTICIA NO ES UN CHISME, ES UNA PUÑALADA DIRECTA AL CORAZÓN DE TODO MÉXICO!
¡EL SUEÑO AMERICANO SE VOLVIÓ PESADILLA MEXICANA EN UN SEGUNDO! ¡LA TOGA SE TIÑÓ DE ROJO Y EL BIRRETE JAMÁS TOCÓ SU CABEZA! LA CRÓNICA MÁS DESGARRADORA DEL AÑO QUE TE HARÁ HERVIR LA SANGRE DE RABIA Y DOLOR.
[REDACCIÓN/LA VOZ DEL PUEBLO – EDICIÓN ESPECIAL DE LUTO]
¡Ay, nanita, mi raza! ¡Qué pinche coraje y qué inmensa tristeza nos embarga hoy! Si ustedes son de los que vieron esa notificación maldita en el celular hace rato, esa que con letras frías y censuradas para no espantar a los algoritmos decía: “F4LLEC!0 CAMINO A SU GRADUACIÓN… Ver más”, y sintieron un hueco en la panza, prepárense. Porque si le picaron al “Ver más” con el morbo a todo lo que da, lo que encontraron no fue una nota más; fue el retrato vivo de la tragedia que nos acecha en cada esquina de este país.
Nosotros no nos andamos con rodeos. Nosotros fuimos hasta el lugar de los hechos, donde el asfalto todavía huele a llanta quemada, a gasolina derramada y a sueños rotos, para traerles la neta del planeta, por más dolorosa que sea.
EL HÉROE DE LA COLONIA QUE NO LLEGÓ A LA CIMA
Hablemos de quien hoy nos duele. Se llamaba Roberto, pero en su colonia, allá en los barrios bravos de Ecatepec donde la vida no vale nada, todos le decían “Betito El Licenciado”. Y no era de a gratis el apodo, compadres.
Betito, de apenas 23 años, no era un Nini, ni andaba en malos pasos. ¡Al contrario! Era el orgullo de Doña Rosa, una señora que se ha partido el lomo vendiendo tamales desde las 4 de la mañana para que a su hijo no le faltara el estudio. Betito era el primero de toda su familia, ¡el primero en generaciones!, que iba a recibir un título universitario de verdad. Ingeniero Civil, nada menos. El chavo que iba a sacar a su jefa de trabajar, el que prometió construirle una casita digna.
Hoy era SU DÍA. El día que todo el esfuerzo, las desveladas, las hambres y los sacrificios iban a valer la pena.
LA MAÑANA QUE PROMETÍA GLORIA Y TERMINÓ EN INFIERNO
Imagínense la escena, carnales. Viernes por la mañana. El sol apenas salía, pintando de naranja el cielo contaminado de la zona metropolitana. En la casa de Betito todo era alboroto y felicidad.
Doña Rosa le planchaba la camisa blanca con un cuidado religioso, con lágrimas de orgullo en los ojos. Betito se estaba poniendo la corbata frente al espejo, nervioso, ensayando la sonrisa para la foto oficial. “Ya la hicimos, jefa”, le dijo antes de salir. Esas fueron las últimas palabras que su madre escucharía de sus labios.
Se subieron al Tsuru viejito de la familia, ese que Don Pedro, el papá, había estado arreglando toda la semana para que no les fallara en el día especial. Iban guapos, iban felices, iban echando relajo. En el asiento de atrás, bien dobladita, iba la toga negra que Betito había rentado con tanto esfuerzo.
Agarraron la autopista México-Pachuca. Iban con tiempo, sin prisas. El destino era el auditorio donde cientos de familias esperaban aplaudir a sus hijos. Pero el destino, ese que a veces parece que nos odia, tenía preparado otro plan.
¡EL CAFRE DEL VOLANTE QUE APAGÓ LA LUZ!
¡Zas, culebra! Fue en el kilómetro veintitantos, en esa bajada maldita donde siempre hay accidentes. Según los testigos que vieron todo con el corazón en la garganta, un tráiler de doble remolque, de esas bestias de acero que manejan unos cafres que van “bien pericos” para aguantar el viaje, venía hecho la mocha. Exceso de velocidad, imprudencia, ¡le valió madre la vida ajena!
El Tsuru de Betito iba en su carril, tranquilo. Pero la bestia de carga perdió el control. Dicen que se le amarraron los frenos, otros dicen que el chofer se quedó dormido dos segundos. ¡Qué más da! El resultado fue el mismo.
El impacto fue brutal. Fue un estruendo que cimbró la tierra. El tráiler no solo golpeó el carrito donde viajaban los sueños de una familia entera; lo prensó contra el muro de contención. Lo hizo acordeón. Lo deshizo como si fuera una lata de refresco vacía.
UNA ESCENA DANTESCA: ENTRE FIERROS RETORCIDOS Y DIPLOMAS QUE NO LLEGARON
Cuando llegaron los servicios de emergencia, la escena era para ponerse a llorar a gritos. La Cruz Roja, los bomberos, la Guardia Nacional… todos con cara de “otra vez lo mismo”.
Tuvieron que usar las “quijadas de la vida” para cortar los fierros retorcidos del Tsuru. Don Pedro y Doña Rosa, milagrosamente, estaban vivos, aunque graves. Los sacaron entre quejidos de dolor, pero más dolor del alma que del cuerpo. “¿Dónde está mi hijo? ¿Cómo está mi Betito?”, gritaba Doña Rosa, con la cara llena de sangre y polvo, sin saber que su corazón estaba a punto de romperse para siempre.
A Betito… ¡ay, Diosito santo! A Betito lo encontraron en el asiento de atrás. El impacto fue directo de su lado. No sufrió, dicen los paramédicos para consolar, que fue instantáneo.
Pero la imagen que nos partió el alma a los reporteros que estábamos ahí, curtidos en mil batallas de nota roja, fue lo que había a su lado. Entre los vidrios rotos y la sangre, estaba la toga. Impecable, negra, lista para ser usada. Y a un lado, el birrete con su borla dorada, ese que debía volar por los aires en señal de triunfo, ahora yacía en el piso sucio de la carretera.
En la guantera encontraron la invitación a la ceremonia. Decía: “Ingeniero Roberto Martínez. Generación 2020-2024”. La invitación estaba manchada de aceite y tristeza.
EL GRITO DE UNA MADRE QUE RETUMBA EN TODO MÉXICO
Cuando le dieron la noticia a Doña Rosa en la ambulancia, su grito no fue humano. Fue el aullido de una loba a la que le arrancaron la entraña. Un grito que debería escucharse en Palacio Nacional y en todas las oficinas de gobierno donde permiten que estos tráileres asesinos sigan circulando sin control.
“¡No es justo, Dios mío, no es justo! ¡Tanto que luchó mi niño! ¡Iba a ser ingeniero, carajo, iba a ser alguien!”, lloraba la señora, inconsolable, mientras la sedaban para calmar su dolor.
El chofer del tráiler, como casi siempre pasa en este país de la impunidad, se peló. Huyó como la rata cobarde que es, dejando atrás la muerte y la destrucción. ¡Qué poca madre!
¿HASTA CUÁNDO, RAZA? ¿HASTA CUÁNDO?
Hoy, en lugar de fiesta, hay velorio en Ecatepec. En lugar de mariachi, hay rezos. En lugar de un título colgado en la pared, habrá una cruz en el panteón.
Betito ya es graduado, pero del cielo. Allá arriba le estarán dando su diploma los ángeles, porque aquí en la tierra, la negligencia y la maldita suerte se lo negaron.
Esta nota no es para echar chisme. Es para que nos hierva la sangre. Para exigir justicia para Betito y para todas las víctimas de las carreteras. ¡Comparte esto si tú también estás hasta la madre de que los sueños de nuestros jóvenes se queden embarrados en el asfalto!
Descansa en paz, Ingeniero Roberto. Hoy México entero llora tu partida y tu graduación frustrada. ¡Qué pinche coraje, compadres!